Turismo:

EL NÉCTAR DEL LUJO HOTELERO CON LOS

MANJARES DE LA ABEJA IMPERIAL...



Por Paola SANDOVAL, Corresponsal en Europa



PARIS (EUROLATINNEWS) - En un mundo donde los hoteles de lujo compiten en ingenio para seducir a una clientela internacional cada vez más exigente, The Peninsula Paris ha apostado por una elegancia responsable con su nuevo programa "Vida Mejor".

El palacio parisino no solo ofrece lujo, sino también le da alma al máximo bienestar y a los sabores de la mejor calidad de vida.

 Este proyecto holístico destaca una hospitalidad centrada en el equilibrio interior y el respeto por el medio ambiente. Cada gesto cuenta: desde la gestión racional de la energía hasta la atención a la comida, desde los tratamientos del spa hasta el origen de los productos servidos en la mesa. Es una invitación a vivir el lujo como una celebración consciente, donde el refinamiento y la sostenibilidad van de la mano.

Pero más allá de los grandes principios, esta filosofía encuentra su expresión más concreta en los momentos más sencillos, y por lo tanto, más preciados, de la vida. Así es como  la hora del té en The Península París, un ritual esencial de las tardes parisinas, se convierte en una experiencia sostenible y sensorial.

Esta temporada, el palacio parisino ha decidido unir su filosofía al de una casa que ha encarnado la excelencia francesa durante casi dos siglos: Chaumet. Juntos, celebran a la abeja imperial, símbolo de fertilidad y eternidad, ofreciendo un excepcional té de la tarde creado por dos talentos excepcionales: el chef con estrella Michelin David Bizet y Anne Coruble, una joven prodigio de la repostería que ya se ha coronado campeona mundial.



Un homenaje a la abeja imperial, entre joyería y gastronomía

Chaumet, joyero de la emperatriz Josefina y guardián de una historia estrechamente ligada al Primer Imperio, hizo de la abeja uno de sus emblemas. El insecto, frágil e incansable a la vez, encarna la fuerza vital y el orden natural. Es también la imagen de un París deslumbrante y trabajador en perpetuo movimiento. Al asociarse con The Península París, la casa de alta joyería aporta una profundidad simbólica a este té de la tarde que va más allá de la mera ornamentación.

Los pasteles creados para la ocasión reflejan los códigos de la alta joyería: fragmentos translúcidos que evocan gemas, estructuras geométricas inspiradas en los panales y texturas superpuestas como engastes preciosos.

Cada creación está concebida como una joya efímera, destinada a desaparecer en el paladar pero permanecer grabada en la memoria. La miel, recolectada por las abejas en la séptima planta del palacio, es su hilo conductor, omnipresente, a veces discreta, a veces extravagante.



Las colmenas de The Península: un tesoro suspendido sobre París

Pocos huéspedes se percatan, al instalarse en el majestuoso vestíbulo de The Peninsula Paris, de que decenas de miles de abejas bullen sobre sus cabezas. En la séptima planta, en una discreta terraza, las colmenas albergan una auténtica pequeña ciudad.

Las abejas recolectan néctar de las flores de los parques circundantes, desde el cercano Bois de Boulogne hasta los jardines de la Avenida Foch y los balcones floridos de los edificios de estilo Haussmann.

La miel producida no es solo un ingrediente: es una seña de identidad. Su color ámbar, sus matices florales o minerales, cuentan la historia de un París vibrante, vegetal e insospechado. Cada cosecha es diferente, dependiendo de las flores, y confiere al menú de la hora del té una variación estacional, un ritmo dictado no por el calendario, sino por la propia naturaleza.



David Bizet, el arquitecto de la experiencia

Hacer realidad este proyecto requirió una visión. La de David Bizet, chef con dos estrellas Michelin reconocido por su precisión y absoluto respeto por los ingredientes. Antes de unirse a The Península Paris, se distinguió en prestigiosos establecimientos, donde redefinió una cocina contemporánea y profundamente arraigada en la naturaleza. Con él, nada es artificial: cada sabor debe ser perfecto, cada plato debe contar una historia.

Para este té de la tarde, quería ofrecer mucho más que un simple surtido de dulces. «La miel es la memoria de la naturaleza», explica. «Es una expresión concentrada del trabajo de las flores, las estaciones y el tiempo. Usarla es un homenaje a un ciclo superior a nosotros mismos».

Con Chaumet como socio, creó un menú que no es una simple sucesión de postres, sino una auténtica partitura sensorial, donde pasamos de la ligereza etérea a la profundidad gourmet, como recorriendo las facetas de un diamante.



Anne Coruble: La Estrella Emergente de la Pastelería

En el corazón de esta aventura, una figura fascina especialmente: Anne Coruble. Con tan solo treinta años, la Chef pastelera de The Península Paris encarna una nueva generación de talentos, audaces e inspirados.

Su carrera ya está marcada por éxitos rotundos. Graduada de la prestigiosa escuela Ferrandi, rápidamente se distinguió por su precisión técnica y creatividad.  Luego se ganó el reconocimiento en los establecimientos más selectos como el Hôtel Bristol, aprendiendo de maestros que la animaron a afirmar su estilo.

Su consagración llegó cuando ella y su equipo fueron galardonados con el título de Campeona Mundial de Artes Dulces. Este trofeo, considerado uno de los más prestigiosos de la disciplina, reconoce no solo su dominio de las técnicas más avanzadas (escultura de azúcar, chocolate, pasteles de boda artísticos), sino también su atención al detalle y la armonía de sus sabores.

Para ella, la pastelería no es únicamente un arte de precisión; es un lenguaje. Se inspira en la naturaleza, las texturas y las emociones.

Su enfoque es similar al de un joyero: da forma, pule y refina hasta alcanzar la perfección. No es casualidad, entonces, que la colaboración con Chaumet parezca haber sido escrita para ella.



Una merienda como un joyero de lujo

En sus manos, los postres se convierten en adornos. Presentan fragmentos translúcidos que evocan piedras preciosas, esmaltes de espejo tan brillantes como un zafiro pulido y estructuras de encaje de azúcar que evocan el engaste de un anillo. Pero tras la estética se esconde la indulgencia. Anne Coruble se niega a sucumbir a la tentación de la pompa sin sustancia. Cada dulce joya tiene un propósito, una profundidad de sabor.

Tomemos, por ejemplo, su postre imperial insignia para la merienda: una esfera de miel de acacia, cubierta con un velo translúcido que juega con la luz como el cristal. En su interior, una ligera mousse de cítricos, un centro fluido de miel y una fina dacquoise que le aporta una textura crujiente. En boca, es una explosión: la envolvente dulzura de la miel, la viva acidez del limón, la redondez de la galleta. Un equilibrio perfecto, como una piedra perfectamente tallada.

O esta tartaleta de miel de lima y verbena, cuyas hojas doradas evocan los apreciados motivos imperiales de Chaumet. La frescura herbácea de la verbena interactúa con las dulces notas de la miel, creando una armonía tan delicada como un collar finamente elaborado.



Una experiencia multisensorial

Disfrutar de este té de la tarde es como entrar en un mundo donde se estimulan todos los sentidos. Primero la vista, con la belleza de las creaciones que parecen joyas.

Luego el olfato, porque la miel exuda sutiles aromas incluso antes de tocar la boca. El gusto, por supuesto, con esta infinita paleta de sabores que oscila entre la frescura y la profundidad. Pero también el tacto: la textura crujiente al paladar, la ligereza de una mousse, la sedosidad de un ganache. Y finalmente, el oído, porque en el Lobby, las notas del piano acompañan cada bocado como una dulce melodía.



Un viaje al corazón de París y su historia

Este momento único no tiene lugar en cualquier lugar, sino en Le Lobby, un lugar cargado de historia. Ahí aún resuenan los pasos de las elegantes damas que desfilaron por aquí en el siglo pasado.

Ahí, George Gershwin compuso Un americano en París, dando origen a una de las obras más emblemáticas de la música moderna. Aquí, Proust intercambió secretos con Joyce, Picasso conoció a Stravinsky y mil conversaciones apasionadas animaron las veladas.

Tomar el té de la tarde en ese entorno es como sumergirse en la historia cultural de París. Las columnas, los frescos, la luz que acaricia el mármol, todo se combina para crear una atmósfera única y exquisita. Ya no eres un simple espectador de una cata, sino un actor en una continuidad, heredero de un arte de vivir que trasciende los siglos.



Un interludio precioso y luminoso

Aún hoy, Le Lobby conserva esta magia. De la mañana a la noche, acoge a los huéspedes en un ambiente de discreto refinamiento. Pero es sin duda a la hora del té cuando la experiencia cobra toda su dimensión. En este ambiente solemne y luminoso, cada bocado, cada taza de té, cada nota de piano se convierte en un fragmento de eternidad.

Esta hora del té imperial, nacida del encuentro entre The Península Paris, Chaumet, David Bizet y Anne Coruble, no es solo un evento gastronómico sino una celebración de lo más bello de París: su historia, su creatividad, su capacidad para reinventar sus rituales, elevándolos cada vez más.

Degustar estas delicias golosas es como saborear tanto el oro de la naturaleza como el oro de los joyeros; es como sentir la vitalidad de un lugar que ha visto tantos artistas, tantos sueños, tanta belleza.

Y al salir del vestíbulo, el recuerdo perdura. El de una abeja imperial posada sobre una flor de porcelana. El de una miel dorada que cuenta la historia de una ciudad. El de una joya para saborear, y un manjar que brilla como una estrella en nuestra memoria.















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