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Relato:
UNA NOCHE DE CASINO

Enrique GUZMÁN de ACEVEDO (*)



VIÑA DEL MAR, Chile (EUROLATINNEWS) - Yo tenía unos 16 años pero representaba un poco más. Mi madre era jóven, bella y alegre. Su hobby era pasar las tardes participando en Té-Canasta con sus cuatro amigas más fieles, conversando de lo humano y lo divino. Como todas ellas eran « jugadoras » y vivían en un tranquilo barrio residencial, en las Alturas de Recreo, no faltaban días, más bien noches, que bajaban del cerro al plano para incrustarse en las pasiones del juego casinero.

Eran « casineras » las cinco, y mi madre con la « tía » Nena eran las líderes del grupo, las que « inventaban » las salidas, las que « planeaban » las justificaciones más inverosímiles para los maridos, quienes con el afán del trabajo pasaban más fuera de sus casas que aprovechando el encanto de sus propias mujeres.

Las cinco amigas eran joviales y hermosas treintañeras, que –casualmente- habían pasado por la misma experiencia de casarse muy jóvenes y tener hijos casi al mismo tiempo, cuando aun tenían edad de liceanas. En los años 40 y 50 era común que las mujeres dieran a luz cuando tenían la tez diáfana y pura de una niña, sin haber conocido nada de la vida, sin haber conocido hombre alguno antes del que estaba destinado a ser el padre de sus vástagos tras el sagrado matrimonio.

En esos años, el machismo era ley indestructible y los hombres reinaban sin contrapeso, dejando a la mujer en un despiadado segundo plano, « castigada » en casa, "amarrada" a la cocina y al quehacer hogareño, sin posibilidad alguna de respirar aire fresco, de ver otras caras o tener la audacia de ingresar sola a algún bar o restaurante de la ciudad. Menos aún fumar en público.

Era mal visto. Era mal visto por una sociedad cerrada y enceguecida por una falsa realidad.

La cinco amigas lograron romper el hermético cerco y gracias a la coicidente ausencia de sus maridos, lograban reunirse más de una noche en casa de Alicia, Nena, Patricia, Ana o Clarita para jugar a las cartas en unas famosas jornadas de « Té-Canasta » que cada vez se prolongaban hasta altas horas de la madrugada…bebiendo Té, algún pisco o algún vinito, los días sábados.

Viña del Mar en esos tiempos era una pequeña y tranquila ciudad, por cuyas arterias era común ver a los viñamarinos pasear o haciendo comprar en bicicleta. Todo el mundo se conocía y conversaba en los mercados. La ciudad era alegre y segura. El Casino le daba luz a la pasiva noche viñamarina. Los bares eran escasos y la juerga se hacía más en casa que en las calles. Pero las cinco amigas de Recreo estaban destinadas a romper lo establecido.

Jugaban a las cartas en casa y salían cuando les daba la gana. Su mayor entretención era el Casino y su mayor desafío era conseguir las mejores sillas de la Ruleta o del Punto y Banca cuando al llegar el verano se tiraba la « primera bolita ».

Era todo un acontecimiento. Las cinco se concentraban en casa de una u otra, en la peluqueria y en la modista, comentando los últimos peinados que estaban de moda en París, Londres o Nueva York y sobre los vestidos que llevarían esa noche.

Pero uno de los grandes protagonistas de esas noches de « Primera Bolita » era yo, un mozo de 16 años, alto, elegante, fino y caballeroso, que « representaba » mas de 18 años. Las « Cinco » confiaban en mí, en mi estampa y en mi viveza. Me « ponían » temprano en la cola de entrada al Casino, en el quinto o sexto lugar de la fila.

Varias horas más tarde, cuando los Santiaguinos llegaban apresurados en busca de un lugar, una de las « Cinco » surgía como de milagro con un « ricachón » que « compraba » el lugar, mi lugar, por una cantidad importante de pesos, cuyo monto nunca intenté averiguar. Luego, mamá me ubicaba en el lugar que ella tenía, un poco más atrás. Y otra de las « tías » llegaba lueguito con otro interesado en el puesto. Asi pasaba yo de lugar en lugar, mientras mamá y las cuatro amigas iban dejando sus lugares para ingresar al Casino con « dinero fresco » surgido de una caja común que se alimentaba casi por obra de magia.

Pero eso no era todo…

Mamá y las Cuatro cómplices seguían en la Sala de Juego «jugando » con los machos de turno, ofreciéndoles antes de la «Primera Bolita » las « mejores » sillas de la Ruleta y del Punto y Banca, a módicos precios que seguramente eran superiores al del « mejor puesto » en la cola de espera.

Cuando el « groupier » gritaba a viva voz… » no va massss », las Cinco ya habían ganado suficiente dinero…antes que la famosa « Bolita » se incrustase en el primer número ganador de la temporada.

Hoy, bordeando los 90 años, ninguna de ellas recuerda nada.

Curiosamente, las Cinco comparten con otras ancianas «Casineras » una iluminada casona cercana al…Casino.

¡ El Alzheimer se llevó sus recuerdos !

(*) Enrique GUZMÁN de ACEVEDO, escritor chileno.
Viña del Mar (Chile), Mayo 2011



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