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Turismo:
AGONIA DE ASCENSORES AMENAZA PATRIMONIO CULTURAL DE VALPARAISO
Por Enrique GUZMÁN de ACEVEDO, Corresponsal en Viaje
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VALPARAISO, Chile (EUROLATINNEWS) - La agonía persistente de los ascensores que desde el Siglo XIX escalan cancinamente el corazón de los empinados cerros del principal puerto de Chile, amenaza peligrosamente los valores del Patrimonio de la Humanidad que desde 2003 representa Valparaíso.
Si hay ascensores o funiculares turísticos en Locarno (Suiza) Lisboa, París, Barcelona, Estocolmo, Budapest Santiago de Chile o Viña del Mar, ninguna ciudad, ningún puerto del mundo ha tenido o tiene tantos ascensores al aire libre, encaramados por obra de magia en los cerros, como los ha tenido y como aún los tiene Valparaíso, que hasta la apertura del Canal de Panamá fue el Primer Puerto del Pacífico.
Si alguna vez, desde 1883, fueron casi 30, sólo 12 de ellos están en actividad, varios de los cuales se ven amenazados aún hoy por la falta de apoyo financiero para su necesaria mantención técnica o por las inevitables olas del modernismo que imponen otros medios de transporte para los porteños que cada día suben y bajan los cerros de la ciudad que miran como desde un gigantesto anfiteatro natural la furia o la calma del mal llamdo Océano Pacífico.
El primero de ellos, el Ascensor Concepción, fue construido en 1883 y el último, el Ascensor Villaseca, fue inaugurado en 1907, en los faldeos posteriores del Cerro Playa Ancha, frente a los terrenos de antiguas dependencias aduaneras que hoy pertenecen a la Armada de Chile.
El que primero de ellos fue declarado "Monumento Nacional, en 1976, el ascensor del Cerro Polanco, fundado el 8 de junio de 1916, solo tuvo menos de 80 años de actividad, pues su deteriorio técnico se hizo evidente en 1980 y debió paralizar definitivamente su mecanismo en 1983.
Otros le siguieron por fallas mecánicas, por accidentes, por causas de terremotos o derrumbes, incendios, o por simples latigazos del modernismo que permitió el crecimiento de los tentáculos de las compañías de taxis colectivos que dejan a los lugareños en las puertas de sus casas por el mismo precio o por un precio nenor al cobrado por los ascendores de toda la vida.
Aunque para muchos románticos estos ascensores constituyen verdaderos "poemas de utilidad pública", como dice el poeta porteño Juan Camerón -autor dce 14 libros-, pueden ser considerados también como un "vapor encallado en la quebrada", una "casa que sube y baja", un simple medio de transporte o un vehículo de turismo.
Pero sí, estos ascensores constituyen una "solución" muy terrenal para miles de porteños que gracias a estas coloridas "casas rodantes", pueden evitar las empinadas escaleras de los no menos empinados cerros para llegar a sus hogares o a sus lugares de trabajo.
Gran parte de la eterna magia de Valparaiso viaja en estos singulares ascensores. Magia que se hace más patente aun a bordo de uno de ellos cuando una espesa niebla londinense cubre Valparaíso o cuando una gruesa cortina de agua invade sus cerros.
Valparaíso no sería el mismo sin sus tradicionales ascensores.
Todos tienen "mirada al mar", salvo el Ascensor San Agustín, al que se le considera un ascensor "ciego" por que las construcciones de su ladera norte impiden ver el mar, y al lado contrario solo se ven cerros.
La extensión del recorrido de los ascensores es muy corta, pues no supera los 177 metros. Pero la gradiente puede llegar a 63,5° (Ascensor Lecheros) lo que hace significativo el ahorro en caminata y tiempo de subida, por los amplios zigzags que deben hacer las calles para cubrir la brecha entre el pie de cerro y el primer cordón de mesetas de la ciudad.
Los ascensores “acortan” camino y contribuyen a diversificar y enriquecer los recorridos por Valparaíso. Una misma zona tiene múltiples entradas y salidas, y en ello la red de ascensores cumple un rol muy
importante. Es notable por ejemplo cómo, tras subir por el ascensor Cordillera y dar vueltas por el cerro del mismo nombre, al bajar por el ascensor San Agustín, se llega a escasas dos cuadras del punto de partida.
De hecho, se pueden ir recorriendo alternadamente el plan y los cerros de Valparaíso, desde el Cerro Artillería hasta el cerro Polanco, subiendo por un ascensor y bajando por el siguiente.
Ese ya es juego tradicional de muchos turistas enamorados de Valparaíso y de sus miradores.
Los ascensores han sido verdaderos "ordenadores urbanos" para Valparaíso. Varios de ellos incluso se relacionan entre sí, formando subsistemas dentro del circuito total de transporte público de la ciudad.
Se estima que cerca de 1.1 millones de pasajeros viaja en los ascensores municipales anualmente, y para los ascensores
particulares se estima en alrededor de 2 millones de viajes, según datos oficiales del año 2004.
Esto da cuenta que los ascensores siguen siendo un hito de tiempos pasados plenamente vigentes, ya sea como transporte barrial y como atractivo turístico a nivel nacional e internacional.
Pocos poetas, curiosamente, han cantado a estas reliquias del puerto, pero si muchos narradores e historiadores han dejado constancia escrita de miles de anécdotas y capítulos históricos que tienen relación con ellos.
Pero, ninguno de ellos vislumbró antaño el trágico destino de estos vehículos que suben a las nubes del puerto llevando en sus extrañas y ruidosas maquinarias los sueños y penurias de los porteños, que al "subir" a sus elevadas casas -dibujadas en los cerros como obra de una magistral pincelada espacial- dejan en el "infierno" del "plano" (parte baja de la ciudad) todas sus penurias terrenales.
"Bajan" a ganarse el pan. Suben a "soñar" con la satisfacción de comerce un pan arañando las estrellas. Es la magia de los puertos.
Es la magia de puertos como Valparaíso, una ciudad-puerto que se empina hacia las alturas para mirar siempre el mar, vislumbrar el horizonte, gozar del ahora y del enigma del futuro, dejando atrás el valor fantasmal del pasado.
Todos esos poetas y narradores no parecen haber vislumbrado en sus escritos el desinterés que pudiera existir algún día entre los gobernantes de turno, las personalidades regionales o simples empresario, por modernizar adecuadamente y mantener con vida estos verdaderos símbolos del pasado que se resisten a salir del presente.
Los intentos oficiales son tibios y a la luz pública los proyectos de solución parecen ausentes o víctima de una muy larga reflexión.
Los consejeros responsables de transmitir las urgencias sobre el debido cuidado de las áreas patrimoniales de las ciudades a quienes tienen el poder temporal de decisión, han encendido la luz de alarma en reservados informes oficiales, pero se ignoran las consecuencias de tales urgencias.
"No obstante las inversiones realizadas en Valparaíso, la ciudad enfrenta diversos desafíos para consolidar un proceso de rehabilitación económica y social sostenible basado en el valioso patrimonio edificado y urbanístico de la ciudad y en el aprovechamiento pleno de sus ventajas competitivas", dice tímidamente uno de estos informes en manos del Gobierno.
Entre estos desafíos, "se destaca la necesidad de revertir el deterioro físico y progresivo de los inmuebles, particularmente en áreas patrimoniales y monumentos históricos relevantes en la ciudad", agrega el informe obtenido por EUROLATINNEWS, pero evitando cuidadosamente hablar directamente de los ascensores de Valparaíso.
Consciente de los desafíos pendientes, el Gobierno de Chile suscribió, en diciembre del año 2005, un acuerdo de préstamo con el Banco Interamericano del Desarrollo (BID) para financiar el Programa de Recuperación y Desarrollo Urbano de Valparaíso (PRDUV). El objetivo de este programa es "contribuir a la revitalización de la ciudad de Valparaíso", poniendo en valor el patrimonio urbano de la ciudad como fundamento de nuevas actividades económicas, culturales y sociales que beneficien a la población.
"Uno de sus componentes es el mejoramiento de la red de ascensores municipaleS, cuyo objetivo es la recuperación integral de estos en sus componentes mecánica, eléctrica, estructura, restauración arquitectónica y sus respectivos entornos urbanos para lograr óptimos estándares de seguridad y funcionamiento para los usuarios de este medio de transporte tan particular de la ciudad", añade el informe oficial, sin precisar que el Municipio es propietario de sólo cinco (tres de los cuales están paralizados) de los 12 ascensores operativos aun, pero en precarias condiciones de actividad.
El componente del que hablan los expertos oficiales incluye el financiamiento de asesorías, consultorías, concursos y la contratación de
estudios de prefactibilidad, factibilidad, diseños y otros similares necesarios para la definición final y ejecución de los proyectos.
Asimismo, el informe explica en un segundo plano que el componente contempla también "una línea de acción consistente en incentivos dirigidos a propietarios privados para estimular la realización de obras de recuperación" de inmuebles patrimoniales y "aportes para el mejoramiento de instalaciones municipales que albergan la actividad de transporte por medio de funiculares porteños para efectuar un cambio cualitativo en el ambiente urbano (...)".
Al referirse al valor real de los ascensores de Valparaíso, el informe precisa que la mayoría de ellos "no demora más de un minuto en conectar el plan de Valparaíso con los cerros. Algo que a pie o en cualquier otro medio de transporte demoraría bastante más", subrayando con justa razón que "los ascensores no son sólo un preciado baluarte turístico; tampoco puro patrimonio".
"Estos vetustos cajoncitos de madera de aspecto pintoresco, que
pasan por los rieles sobre pronunciadas pendientes, son ante todo, una forma de traslado eficaz. De lo que hacen gala desde su primer día de funcionamiento. Cuando nacieron, en la segunda mitad del siglo XIX, respondían a un problema claro. Ya las serranías porteñas estaban bastante habitadas y parte importante de la población se concentraba en los cerros Arrayán, Santo Domingo, Toro, Cordillera, Alegre y Concepción", recuerda.
Sin embargo, desde siempre las actividades político-administrativas,
financieras y comerciales se concentraban en el plan y sólo allí funcionaba el transporte público con fluidez. Carros tirados por caballos -llamados de sangre- corrían entonces entre el centro de la ciudad y algunos cerros más cercanos.
Antaño, la conexión entre el plan y los cerros siempre fue dificultosa y tampoco existía una vía que uniera fluidamente la parte alta de estos barrios, ya que el denominado "Camino de Cintura" -que une a los cerros en la "cintura" de los mismos- se terminó recién en la década de 1930.
La necesidad de una mejor red pública pasó a ser un tema en boca de todos y en ese contexto, la llegada del cable de acero dúctil -en 1875- fue un avance tecnológico clave para pensar en funiculares como alternativa de transporte público.
El informe oficial recuerda que fue el ingeniero Liborio Brieba -gerente de la Compañía de Ascensores Mecánicos de Valparaíso- quien llevó adelante el proyecto en 1882. No sin despertar las suspicacias de la población.
Como también era escritor, Brieba desarrolló una campaña por los periódicos para lograr apoyo. Pero los vecinos, en vez de tranquilizarse, aumentaban su reticencia. Es que entre sus libros había títulos como “Las camisas de Lucifer” y “Los Anteojos de Satanás”, que causaban escozor entren los potenciales pasajeros.
A pesar de todo, el próspero Cerro Concepción tuvo funicular nada menos que en 1883. El propio ingeniero y las autoridades de la época hicieron el recorrido en su inauguración oficial, el 1° de diciembre de 1883. Fueron transportados gracias a un sistema hidráulico a vapor, con dos estanques de agua - uno en cada extremo - que debían contrapesar la carga de los carros en la subida y la bajada.
Superadas las aprehensiones, la gente se volcó con entusiasmo a hacer uso del nuevo adelanto. En sus dos primeros días de funcionamiento fueron contabilizadas 1800 personas e incluso hubo que parar por falta de carbón.
A partir de ese día y hasta 1930, los ascensores se fueron instalando en distintos puntos de Valparaíso, según las necesidades de cada zona. Así por ejemplo, el ascensor Artillería, con capacidad para 50 personas, fue inaugurado el mismo año 1989, en que la Escuela Naval se instaló en dicho cerro.
El ascensor Panteón nació en 1901, para comunicar de forma expedita el plan con el complejo de los cementerios de los cerros. Al surgir conjuntos habitacionales entre los cerros Barón y Polanco, son atendidos por el ascensor Barón, que se inaugura el año 1906. En los cerros frente al Almendral, el desarrollo de viviendas de origen humilde implicó un mayor flujo de personas hacia el plan, lo que fue cubierto con tres ascensores: Mariposas, Florida y Monjas, todos construidos a principios del siglo XX.
Hacia el oriente existieron otros tres ascensores - Merced, Las Cañas y La Cruz– actualmente en desuso. Inseparables de sus paseos y miradores están los ascensores que constituyen, por su belleza y funcionalidad, patrimonio indiscutible de la comuna.
Valparaíso cuenta en la actualidad con 10 ascensores en funcionamiento, todos ellos declarados Monumentos Históricos por el Consejo de Monumentos Nacionales.
Cinco ascensores son de propiedad municipal (Barón, Polanco, El Peral, Reina Victoria y el San Agustín), pero solo tres estan operativos, y los restantes, pertenecen a empresas privadas: la Compañía Nacional de Ascensores S.A., la Compañía de Ascensores Mecánicos de Valparaíso; la Compañía de Ascensores Valparaíso S.A. y la Compañía de Ascensores, del Cerro Lecheros Ltda.
Valparaíso no puede vivir sin sus históricos ascensores.
(EUROLATINNEWS)
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